Era el temor y el deseo
un hermoso regocijo,
y un bello paisaje.
un hermoso regocijo,
y un bello paisaje.
Tenía el caminar de los años pasados, una terrible obsesión por lo poético y una arcaica forma de hablar. Sólo sus ojos conservaban el brío de la juventud, pero el resto del cuerpo cayó en una estrepitosa cadena de años.
El sol quemaba tiernamente su espalda y acariciaba sus brazos, ya no era aquel niño que corría entre los juncos, ni era el joven orgulloso que no se casó con nadie, ahora viéndose desaparecido entre la multitud, como sisella ausente del vuelo, no tuvo valor para decir lo que ya sus ojos gritaban: “¡estoy tan solo!”. Fue en ese momento que quizás se dio cuenta de lo asfixiante de la realidad, que incluso hasta el cielo a veces resulta pesado, como si la vida se fuera en horas tan irrelevantes y él sólo se dedicara a contemplarlas y quizás a escucharlas.
Se le llovía el pasado por sus ojos.
La claridad de la tarde se abrió paso por entre los vuelos de las palomas. Cada rostro, cada banca, cada matiz y hasta cada olor desencadenaban en un llanto cada vez más callado. La rapidez de conciencia se perdía con los segundos. Caminar sin rumbo mientras se espera un milagro, es siempre el último recurso antes de la desesperación.
Algo desde hacía mucho se había apagado, y perderse ahora no significaría nada.
Decidió tomar el metro. El típico ruido del tren y la muchedumbre esta vez parecía no molestarle. Iba con la seguridad que le ofrecía su angustioso ambiente: no podría estar peor. Partía al reencuentro de ella con más lágrimas que sonrisas, volvería muy cansado, pero después de tanto volvería.
Era como si pudiera verse desde fuera de él. Debajo de un cielo floreciente de estrellas, parecía robarle a la vida unos suspiros que se le salían desde su sombra. Llegó a verla desde lejos, bajando desde atrás de un sueño. La siguió con la mirada, como queriendo retratar para su memoria la tibieza de sus gestos, sus delicadas líneas, su apesadumbrado respirar y sus días tan cortos.
Los años no habían gastado la belleza en ella. Sus ojos azules parecían ahogar los gritos, como un centro de gravedad y calma. Ese tiempo que parecía acompañarle, le daba un aire de señora inquebrantable. Algunas arrugas sobresalían desde su frente como haciendo pesar un ritual de seriedad.
Ambos sintieron miedo y curiosidad. Sus ojos parecían desgarrar al silencio.
- Encontré lo que tanto busqué. -Dijo él.
- ¿Y qué fue lo que hallaste?
- Te encontré a ti. En mi propia mirada, en mis silencios, en mi soledad.
El viento parecía recortar las frases. La luna brillaba como si la ansiedad no le alcanzara. El sonido de una bofetada estrepitosamente rompió el silencio.
- Te odio porque te necesito. No hubo cielo con luz ni alegría capaz de elevar mi voz. –La garganta de ella pareció dolerle desde el fondo.
- Pero…
- ¡Déjame que termine! –Esta vez su expresión pareció un chillido, perdiendo toda dulzura–Te odio porque hasta los colores se gastaron sin tu voz; el amor y mi ventana nunca más se juntaron; la verdad es que me hace daño verte, pero más daño es no verte. –Ahora su voz parecía resignada y cansada, sobre todo cansada.
- Desde mis noches sin dormir, desde mis años y desde mis latidos, sólo puedo decirte que la espera de ti, es ver cada mañana sin sentir el calor y la luz. Tu voz es mi poesía.
- Tu voz es mi canto.
- Dolorosamente se deslucieron las esperanzas y las risas. Desde que no estuviste, se dilataron tus ojos en mi memoria, como piedad y castigo; y el corazón latía, sólo por la costumbre de la rutina.
Una bruma se desataba entre los dos. Destellados por la luz doliente de un farol, sus vestimentas heridas de ahogo, parecían mecerse entre el recuerdo de su pasado y el reflejo de una luna brillante y muerta.
Él, un bardo que parecía entrelazar moquetas en la niviedad de papeles amontonados, y ella una soprano que combinaba timbre, voz de intensidad, pájaros y heridas. Parecían en sus mejores épocas una pareja perfecta, como salidas de un relato, humedeciendo una luz intermitente de quietud, y algunas notas de triste felicidad.
El final les había llegado una primavera muy otoñal. Como una procesión lenta, una estela de adioses se acomodaban en los ojos, como huella y despedida. Así cortaron al sesgo el corazón y las miradas.
- Creo que deberíamos darnos un tiempo. –Dijo él con una voz viscosa, pero determinante. Aunque no podía ocultar su propia molestia por no poder decir algo mejor.
- Pero, ¿por qué? –Su voz parecía un temblor delicado.
- Te quiero, pero me siento encerrado, asfixiado, he perdido mi corazón revoltoso y aventurero, algo dentro de mí parece quemar como queriendo escapar, hay un algo que parece que aún no he encontrado, no quisiera que insistas ni que me pidas más explicación.
Ella no le dijo más, lo conocía demasiado bien, como para saber que él no daría marcha atrás. Él parecía tener una masa en la garganta que no le dejaba respirar ni tragar saliva, sabía en el fondo que era un gran error. Ambos parecían una insignificancia en ese cielo de mareas rojas, eran unas aves en reposo, o quizás eran aves con las alas quebradas.
Se alejó con sutileza, como desarmando el lugar. Una corta onda de desequilibrio parecía alcanzarle. Los cabellos de ella parecían la luz muerta de un sol, un viento gentil parecía darle una caricia. Rompió a llorar.
Pero esta noche era diferente, él había regresado, y recordando una canción le dijo: “Qué suerte que hoy la alegría tiene tu nombre y tiene tu piel”. Esa noche hecha promesa, giraba, revoloteaba, saltaba entre los pequeños charcos, formados por una pequeña llovizna, que había alcanzado a los viejos amantes. Una lenta lágrima pareció recorrer la mejilla de ella.
Un beso. Y fue tan sereno y tan apasionado, frágil entre sus labios, pero sobre todo fue una necesidad apagada, como disfrutar de una fruta en un caluroso día, enteramente necesario y enteramente disfrutado, dulce hasta los huesos, como para morir en felicidad, desesperadamente glorioso y patéticamente negado mucho tiempo.
Mientras regresaba a su casa, después de dejar un artículo hecho en menos de 15 minutos al periódico para el cual trabajaba, y después de recibir una llamada de atención, creyó que era conveniente renunciar, quizá lo haría mañana.
Su vida parecía una larga oración: dolida y lenta. O quizás era una rutinaria prostitución: escribir cosas que no le interesaban por dinero.
Por fin al llegar a ese muro desteñido, bajo ese cielo descolorido, se sintió en casa. Al entrar se dio cuenta que en el piso había una carta, y no pudo encontrar el gesto que pudiera resumir todo lo que sentía en ese momento: sorpresa, miedo, ansiedad y una vaga alegría. Al fin su rostro pudo definir una aleatoria sonrisa, y parecer un bloque estancado. Leer un nombre, ¿cuánto puede remover en los recuerdos? La lluvia de luces montadas en sus ojos, como un escenario, parecían presentar la burlesca tragicomedia que era su vida: Un típico chico que tenía la felicidad y se aleja, pero después sufre, porque la verdadera felicidad es así, inconsciente cuando se la tiene y reflexionada recién cuando se la pierde.
La sangre no fluía, retoñaba con cada suspiro. Un velo transparente parecía envolverle, como cubriéndolo. Abrió el sobre. No podía leerlo, le dolían los ojos.
A la mañana siguiente cuando el licor había bajado, lentamente procedió a leer:
“No sé precisar el tiempo, es tu recuerdo de voz otoñal la que no me deja avanzar en el tiempo.
El amor es una cosa muy extraña, casi indefinible. Ocupa un lugar en el espacio y no es materia, tampoco es energía, uno creería entonces que no existe, y sin embargo corre entre las venas, por entre la sangre como un fluido más de tu cuerpo. Aparece con un tierno beso en el hombro. Parece envolverse entre una boca y otra. Es una flor de fuego, un vuelo disipado y un sol nocturno. Es una cuestión de días y un olvido de años.” –Y cuántos años y aún no lo consigo… miró unos segundos al techo y prosiguió–.
“Preguntarás que intento decirte con esto. Pues si el amor es impreciso, tú amor, lo eres también.
Es difícil, no lo creas tan simple, escribirte parece una sensación de fuego entre mis dedos, un pequeño calambre parece estremecer mi pecho. No consiguen las palabras decir cuánto te quiero y cuánto te he extrañado. Si supieras que lo que me ha agravado el alma, ha sido tu aparente olvido. Y el maldito amor cada vez es más fuerte.
Siempre sobró una silla y faltó un beso.
Hasta que una luz se incendió en el tacto de mis días, y no tendría sentido mentirte. Un hombre llegó a mi vida, haciendo hasta de mis fortuitos lamentos una especie extraña alegría… pero él no eras tú. Y aunque un tiempo negué tu existencia, siempre encontraste la manera de aparecer en mi calendario.
Quizás lo que más me molesta es que me hayas dicho adiós, aún sabiendo que me amas. Lo sé, estoy segura, siempre fuiste tan mío como lo fui yo de ti.” –Ambos lo sabemos, una corta sonrisa simulaba asentar esa oración. El amor parecía reclinarse desde los dos lados del papel. Continuó leyendo–.
“Es difícil reconstruir una vida que ya no tiene presente. Sin embargo, los recuerdos también son vida, y te envío este trozo de vida hecha de letras, para que tú me llores y pueda sentirme amada. Pero esto no me basta, te tengo aquí, a mi lado mientras escribo esta carta, pero sin tenerte, y estoy cansada de ello.
No quiero que me hagas preguntas tontas como conseguí tu dirección, lo único que quiero es que me digas que fue lo que encontraste después de tantos años, tú lo dijiste y aún lo recuerdo bien: algo dentro de mí parece quemar como queriendo escapar, hay un algo que parece que aún no he encontrado. Quiero después de tantos años saber que era lo que tanto buscabas.
Te veré el lunes en el parque que está a 3 cuadras de tu trabajo, a las 7 de la noche.” –Una tensa calma lo abrigó, mientras un largo exhalo parecía resumir toda una vida–.
El detective hacía unos días que le había dejado en un sobre de manila todos los datos que ella le había pedido, su trabajo no fue tan difícil, ubicarlo fue relativamente sencillo, era un hombre sin importancia, pero con número de seguro social y con documento de identidad.
Por fin decidió abrir el sobre. Se enteró de todos los datos personales y de que él no estaba con ninguna pareja estable desde hace muchos años, aunque hubo una época en que se casó con una bailarina de pole dance, con la cual, al cabo de 6 meses, ya se había divorciado. Su vida era simple, trabajaba como periodista de un periódico chicha, su especialidad, los titulares: Man mata chibolo agrandao que se me metió con su ñora, Tres fríos deja choque en la Panamericana, Culebra chotea a Lisa por la colita de Escarlata, etc. Después del trabajo se iba con un amigo o sólo, a un bar que está a dos cuadras de su trabajo, casi siempre después baja una cuadra más y fuma unos cigarrillos en un parque. A veces va caminando hasta su casa o toma una combi o se va en el metro.
Su vida parecía un simple juego de cotidianeidad. Como alguien que vive resistiéndose a la muerte que parece acompañarle hasta en el respiro.
Sin esperar mucho, tomó un papel y comenzó a escribir una carta. Ya se imaginaba sentada esperándolo mientras leía viejos poemas que él le había escrito, ya sentía el olor a papel viejo de las cartas, y se imaginaba verlo, aunque no sabía muy bien que emociones le llegarían con esa figura desgastada en el tiempo, con esa resquebrajes de sus recuerdos hecho hombre.
Y después de acabar la carta y ya habiéndola enviado. Cierta enajenación pareció apropiarse de su mente. ¿Y si después la dejara? ¿Si él ya no la amara? ¿Podría soportar otra despedida?
Habría que asegurarse que nunca más se separaran.
Y llegaron hasta el apartamento de ella…
Parecían cortar con delirio la tranquilidad de la noche. Sus cuerpos acostumbrados ya a la tristeza parecían ahora escapados de alguna prisión de silencio. Y hablaron sus labios, manos, resuellos, sudor, temblores, ímpetus, sus cuerpos enteros.
Las aves acaban el vuelo pero los vientos siguen dispersos. Ya no existe mar ni norte.
Esta temporada de otoños, concluye en las miradas de viejos amantes; sí, todo es viejo y quizás monótono: el amor, la esperanza, los sueños, las ilusiones...
... los abrazos, los besos; todo se ha llenado de polvo, tiempo y ayeres.
La cama se ha cubierto de hojas secas y continúan las melodías dolientes de cuerpos cada vez más decrépitos. Ambos cierran los ojos, eso les permite soñar mejor.
Las manos rozan el pecado, después de tantos años y aún sienten curiosidad, miedo y satisfacción. Al fin conocen el mundo y el mundo se enfila contra la sonrisa.
A esta madrugada parecía escapársele la cordura.
Ella salió un momento de la habitación y cuando regresó, bañada en la oscuridad como un tinte en su cuerpo, se acercó lentamente al cuerpo de él y lo besó en la frente, casi le asustó el sabor a otoño de ese beso.
Un estruendo aceleró el corazón de ella; un relámpago llenó de luz la habitación. Ella lo abrazó y él se quedó inmóvil, pero con los ojos abiertos, como si en toda esa oscuridad pudiese diferenciar cuerpos de sombras.
Se respiraba el olor a pólvora.
Y viviremos felices por siempre… Una rápida sonrisa invadió el rostro de ella. Sin dejar de abrazar a su amado ya muerto, sintió su alma desgarrada, y después de un suspiro, convencida de que era la mejor (quizás la única) manera de que su amado ya no se separe de ella, con su revólver volvió a crear el mismo estruendo y el mismo relámpago, aunque esta vez el instantáneo parpadeo de luz, descubría a la pareja de un tren de madrugada, con destino a la eternidad.
El sol quemaba tiernamente su espalda y acariciaba sus brazos, ya no era aquel niño que corría entre los juncos, ni era el joven orgulloso que no se casó con nadie, ahora viéndose desaparecido entre la multitud, como sisella ausente del vuelo, no tuvo valor para decir lo que ya sus ojos gritaban: “¡estoy tan solo!”. Fue en ese momento que quizás se dio cuenta de lo asfixiante de la realidad, que incluso hasta el cielo a veces resulta pesado, como si la vida se fuera en horas tan irrelevantes y él sólo se dedicara a contemplarlas y quizás a escucharlas.
Se le llovía el pasado por sus ojos.
La claridad de la tarde se abrió paso por entre los vuelos de las palomas. Cada rostro, cada banca, cada matiz y hasta cada olor desencadenaban en un llanto cada vez más callado. La rapidez de conciencia se perdía con los segundos. Caminar sin rumbo mientras se espera un milagro, es siempre el último recurso antes de la desesperación.
Algo desde hacía mucho se había apagado, y perderse ahora no significaría nada.
Decidió tomar el metro. El típico ruido del tren y la muchedumbre esta vez parecía no molestarle. Iba con la seguridad que le ofrecía su angustioso ambiente: no podría estar peor. Partía al reencuentro de ella con más lágrimas que sonrisas, volvería muy cansado, pero después de tanto volvería.
Era como si pudiera verse desde fuera de él. Debajo de un cielo floreciente de estrellas, parecía robarle a la vida unos suspiros que se le salían desde su sombra. Llegó a verla desde lejos, bajando desde atrás de un sueño. La siguió con la mirada, como queriendo retratar para su memoria la tibieza de sus gestos, sus delicadas líneas, su apesadumbrado respirar y sus días tan cortos.
Los años no habían gastado la belleza en ella. Sus ojos azules parecían ahogar los gritos, como un centro de gravedad y calma. Ese tiempo que parecía acompañarle, le daba un aire de señora inquebrantable. Algunas arrugas sobresalían desde su frente como haciendo pesar un ritual de seriedad.
Ambos sintieron miedo y curiosidad. Sus ojos parecían desgarrar al silencio.
- Encontré lo que tanto busqué. -Dijo él.
- ¿Y qué fue lo que hallaste?
- Te encontré a ti. En mi propia mirada, en mis silencios, en mi soledad.
El viento parecía recortar las frases. La luna brillaba como si la ansiedad no le alcanzara. El sonido de una bofetada estrepitosamente rompió el silencio.
- Te odio porque te necesito. No hubo cielo con luz ni alegría capaz de elevar mi voz. –La garganta de ella pareció dolerle desde el fondo.
- Pero…
- ¡Déjame que termine! –Esta vez su expresión pareció un chillido, perdiendo toda dulzura–Te odio porque hasta los colores se gastaron sin tu voz; el amor y mi ventana nunca más se juntaron; la verdad es que me hace daño verte, pero más daño es no verte. –Ahora su voz parecía resignada y cansada, sobre todo cansada.
- Desde mis noches sin dormir, desde mis años y desde mis latidos, sólo puedo decirte que la espera de ti, es ver cada mañana sin sentir el calor y la luz. Tu voz es mi poesía.
- Tu voz es mi canto.
- Dolorosamente se deslucieron las esperanzas y las risas. Desde que no estuviste, se dilataron tus ojos en mi memoria, como piedad y castigo; y el corazón latía, sólo por la costumbre de la rutina.
Una bruma se desataba entre los dos. Destellados por la luz doliente de un farol, sus vestimentas heridas de ahogo, parecían mecerse entre el recuerdo de su pasado y el reflejo de una luna brillante y muerta.
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Él, un bardo que parecía entrelazar moquetas en la niviedad de papeles amontonados, y ella una soprano que combinaba timbre, voz de intensidad, pájaros y heridas. Parecían en sus mejores épocas una pareja perfecta, como salidas de un relato, humedeciendo una luz intermitente de quietud, y algunas notas de triste felicidad.
El final les había llegado una primavera muy otoñal. Como una procesión lenta, una estela de adioses se acomodaban en los ojos, como huella y despedida. Así cortaron al sesgo el corazón y las miradas.
- Creo que deberíamos darnos un tiempo. –Dijo él con una voz viscosa, pero determinante. Aunque no podía ocultar su propia molestia por no poder decir algo mejor.
- Pero, ¿por qué? –Su voz parecía un temblor delicado.
- Te quiero, pero me siento encerrado, asfixiado, he perdido mi corazón revoltoso y aventurero, algo dentro de mí parece quemar como queriendo escapar, hay un algo que parece que aún no he encontrado, no quisiera que insistas ni que me pidas más explicación.
Ella no le dijo más, lo conocía demasiado bien, como para saber que él no daría marcha atrás. Él parecía tener una masa en la garganta que no le dejaba respirar ni tragar saliva, sabía en el fondo que era un gran error. Ambos parecían una insignificancia en ese cielo de mareas rojas, eran unas aves en reposo, o quizás eran aves con las alas quebradas.
Se alejó con sutileza, como desarmando el lugar. Una corta onda de desequilibrio parecía alcanzarle. Los cabellos de ella parecían la luz muerta de un sol, un viento gentil parecía darle una caricia. Rompió a llorar.
§§§§
Pero esta noche era diferente, él había regresado, y recordando una canción le dijo: “Qué suerte que hoy la alegría tiene tu nombre y tiene tu piel”. Esa noche hecha promesa, giraba, revoloteaba, saltaba entre los pequeños charcos, formados por una pequeña llovizna, que había alcanzado a los viejos amantes. Una lenta lágrima pareció recorrer la mejilla de ella.
Un beso. Y fue tan sereno y tan apasionado, frágil entre sus labios, pero sobre todo fue una necesidad apagada, como disfrutar de una fruta en un caluroso día, enteramente necesario y enteramente disfrutado, dulce hasta los huesos, como para morir en felicidad, desesperadamente glorioso y patéticamente negado mucho tiempo.
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Mientras regresaba a su casa, después de dejar un artículo hecho en menos de 15 minutos al periódico para el cual trabajaba, y después de recibir una llamada de atención, creyó que era conveniente renunciar, quizá lo haría mañana.
Su vida parecía una larga oración: dolida y lenta. O quizás era una rutinaria prostitución: escribir cosas que no le interesaban por dinero.
Por fin al llegar a ese muro desteñido, bajo ese cielo descolorido, se sintió en casa. Al entrar se dio cuenta que en el piso había una carta, y no pudo encontrar el gesto que pudiera resumir todo lo que sentía en ese momento: sorpresa, miedo, ansiedad y una vaga alegría. Al fin su rostro pudo definir una aleatoria sonrisa, y parecer un bloque estancado. Leer un nombre, ¿cuánto puede remover en los recuerdos? La lluvia de luces montadas en sus ojos, como un escenario, parecían presentar la burlesca tragicomedia que era su vida: Un típico chico que tenía la felicidad y se aleja, pero después sufre, porque la verdadera felicidad es así, inconsciente cuando se la tiene y reflexionada recién cuando se la pierde.
La sangre no fluía, retoñaba con cada suspiro. Un velo transparente parecía envolverle, como cubriéndolo. Abrió el sobre. No podía leerlo, le dolían los ojos.
A la mañana siguiente cuando el licor había bajado, lentamente procedió a leer:
“No sé precisar el tiempo, es tu recuerdo de voz otoñal la que no me deja avanzar en el tiempo.
El amor es una cosa muy extraña, casi indefinible. Ocupa un lugar en el espacio y no es materia, tampoco es energía, uno creería entonces que no existe, y sin embargo corre entre las venas, por entre la sangre como un fluido más de tu cuerpo. Aparece con un tierno beso en el hombro. Parece envolverse entre una boca y otra. Es una flor de fuego, un vuelo disipado y un sol nocturno. Es una cuestión de días y un olvido de años.” –Y cuántos años y aún no lo consigo… miró unos segundos al techo y prosiguió–.
“Preguntarás que intento decirte con esto. Pues si el amor es impreciso, tú amor, lo eres también.
Es difícil, no lo creas tan simple, escribirte parece una sensación de fuego entre mis dedos, un pequeño calambre parece estremecer mi pecho. No consiguen las palabras decir cuánto te quiero y cuánto te he extrañado. Si supieras que lo que me ha agravado el alma, ha sido tu aparente olvido. Y el maldito amor cada vez es más fuerte.
Siempre sobró una silla y faltó un beso.
Hasta que una luz se incendió en el tacto de mis días, y no tendría sentido mentirte. Un hombre llegó a mi vida, haciendo hasta de mis fortuitos lamentos una especie extraña alegría… pero él no eras tú. Y aunque un tiempo negué tu existencia, siempre encontraste la manera de aparecer en mi calendario.
Quizás lo que más me molesta es que me hayas dicho adiós, aún sabiendo que me amas. Lo sé, estoy segura, siempre fuiste tan mío como lo fui yo de ti.” –Ambos lo sabemos, una corta sonrisa simulaba asentar esa oración. El amor parecía reclinarse desde los dos lados del papel. Continuó leyendo–.
“Es difícil reconstruir una vida que ya no tiene presente. Sin embargo, los recuerdos también son vida, y te envío este trozo de vida hecha de letras, para que tú me llores y pueda sentirme amada. Pero esto no me basta, te tengo aquí, a mi lado mientras escribo esta carta, pero sin tenerte, y estoy cansada de ello.
No quiero que me hagas preguntas tontas como conseguí tu dirección, lo único que quiero es que me digas que fue lo que encontraste después de tantos años, tú lo dijiste y aún lo recuerdo bien: algo dentro de mí parece quemar como queriendo escapar, hay un algo que parece que aún no he encontrado. Quiero después de tantos años saber que era lo que tanto buscabas.
Te veré el lunes en el parque que está a 3 cuadras de tu trabajo, a las 7 de la noche.” –Una tensa calma lo abrigó, mientras un largo exhalo parecía resumir toda una vida–.
§§§§
El detective hacía unos días que le había dejado en un sobre de manila todos los datos que ella le había pedido, su trabajo no fue tan difícil, ubicarlo fue relativamente sencillo, era un hombre sin importancia, pero con número de seguro social y con documento de identidad.
Por fin decidió abrir el sobre. Se enteró de todos los datos personales y de que él no estaba con ninguna pareja estable desde hace muchos años, aunque hubo una época en que se casó con una bailarina de pole dance, con la cual, al cabo de 6 meses, ya se había divorciado. Su vida era simple, trabajaba como periodista de un periódico chicha, su especialidad, los titulares: Man mata chibolo agrandao que se me metió con su ñora, Tres fríos deja choque en la Panamericana, Culebra chotea a Lisa por la colita de Escarlata, etc. Después del trabajo se iba con un amigo o sólo, a un bar que está a dos cuadras de su trabajo, casi siempre después baja una cuadra más y fuma unos cigarrillos en un parque. A veces va caminando hasta su casa o toma una combi o se va en el metro.
Su vida parecía un simple juego de cotidianeidad. Como alguien que vive resistiéndose a la muerte que parece acompañarle hasta en el respiro.
Sin esperar mucho, tomó un papel y comenzó a escribir una carta. Ya se imaginaba sentada esperándolo mientras leía viejos poemas que él le había escrito, ya sentía el olor a papel viejo de las cartas, y se imaginaba verlo, aunque no sabía muy bien que emociones le llegarían con esa figura desgastada en el tiempo, con esa resquebrajes de sus recuerdos hecho hombre.
Y después de acabar la carta y ya habiéndola enviado. Cierta enajenación pareció apropiarse de su mente. ¿Y si después la dejara? ¿Si él ya no la amara? ¿Podría soportar otra despedida?
Habría que asegurarse que nunca más se separaran.
§§§§
Y llegaron hasta el apartamento de ella…
Parecían cortar con delirio la tranquilidad de la noche. Sus cuerpos acostumbrados ya a la tristeza parecían ahora escapados de alguna prisión de silencio. Y hablaron sus labios, manos, resuellos, sudor, temblores, ímpetus, sus cuerpos enteros.
Las aves acaban el vuelo pero los vientos siguen dispersos. Ya no existe mar ni norte.
Esta temporada de otoños, concluye en las miradas de viejos amantes; sí, todo es viejo y quizás monótono: el amor, la esperanza, los sueños, las ilusiones...
... los abrazos, los besos; todo se ha llenado de polvo, tiempo y ayeres.
La cama se ha cubierto de hojas secas y continúan las melodías dolientes de cuerpos cada vez más decrépitos. Ambos cierran los ojos, eso les permite soñar mejor.
Las manos rozan el pecado, después de tantos años y aún sienten curiosidad, miedo y satisfacción. Al fin conocen el mundo y el mundo se enfila contra la sonrisa.
A esta madrugada parecía escapársele la cordura.
Ella salió un momento de la habitación y cuando regresó, bañada en la oscuridad como un tinte en su cuerpo, se acercó lentamente al cuerpo de él y lo besó en la frente, casi le asustó el sabor a otoño de ese beso.
Un estruendo aceleró el corazón de ella; un relámpago llenó de luz la habitación. Ella lo abrazó y él se quedó inmóvil, pero con los ojos abiertos, como si en toda esa oscuridad pudiese diferenciar cuerpos de sombras.
Se respiraba el olor a pólvora.
Y viviremos felices por siempre… Una rápida sonrisa invadió el rostro de ella. Sin dejar de abrazar a su amado ya muerto, sintió su alma desgarrada, y después de un suspiro, convencida de que era la mejor (quizás la única) manera de que su amado ya no se separe de ella, con su revólver volvió a crear el mismo estruendo y el mismo relámpago, aunque esta vez el instantáneo parpadeo de luz, descubría a la pareja de un tren de madrugada, con destino a la eternidad.
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